Cantabria

A un mes de cumplir los 19 años algo terrible me ocurrió. Hacía 4 meses que había comenzado mis estudios en la universidad. Era viernes y salí con mis compañeros de clase. Me encontré con una persona que conocía. Le saludé y nos volvimos a ver al cabo de un rato. Me invitó a tomar algo y todo bien. Estaba siendo una buena noche. Algunos de mis compañeros se preocuparon porque él seguía insistiendo en que volviera a tomar más con él. Yo les comenté que no había problema, que le conocía. Pero de repente, sin saber cómo, me desperté en un coche a las afueras de la ciudad donde tenía que estar. Temblaba, lloraba, tiritaba de frío. Estaba medio desnuda. Me sentía aturdida. No entendía nada. Sólo tenía miedo y quería volver a casa. Él me gritaba y luego me consolaba. Me llevó a casa y me lanzó mi teléfono. ¿Por qué yo no tenía mi teléfono?, ¿por qué estaba apagado? Mi compañera de piso le oyó gritarme antes de que se fuera. Me fui a dormir y a la mañana siguiente alguien me dijo que mirase mi cuerpo. Tenía moratones en los brazos y de las rodillas hacia los pies. Yo no entendí nada hasta que vi aquello. No recuerdo nada más de lo que estoy contando. No denuncié por falta de pruebas. En el hospital no me ayudaron demasiado. Considero que es una situación compleja de abordar. Yo no recuerdo nada y al parecer eso me convierte en «culpable» a los ojos de la sociedad. Me produce pavor volver a encontrarme con esa persona. Me siento avergonzada y sigo sin entender la razón. Pero lo que sé es la huella que ha dejado en mí. Me ha roto el alma el sentir que alguien puede hacer contigo lo que le venga en gana sin que tú seas consciente de lo que te está pasando.
Mucho ánimo a aquellas personas que hayan tenido la mala suerte de pasar por algo así. Nadie se lo merece y no hay cura para el dolor que esto supone.

Publicado el 10/01/2019