El reconocimiento de mi propia violación

Tenía 10 años y asistía a la escuela de dibujo. El tenía cinco años más que yo. Hasta entonces, todo lo que había escuchado sobre sexo, provenía de conversaciones camufladas e inexpertas y decoradas de romanticismo, imágenes dispersas de besos robados o movimientos continuos bajo una sábana pudorosa de alguna que otra película, y los primeros contactos con mi sexo dentro de una inmersión por descubrir mi propia sexualidad.
Aún recuerdo que llevaba un vestido nuevo y el pelo suelto. Ese día se sentó a mi lado.
Lo que empezó como una conversación anecdótica sobre situaciones en los recreos del colegio, se convirtió de pronto en una confesión de encuentros sexuales y forzados en los baños de su instituto, hasta el punto de dejar de ser divertido y empezar a resultarme forzosamente incómodo.
Si cierro los ojos y me concentro, aún puedo recordar el sabor amargo de mi garganta y el nudo en mi estómago al leer la nota que dejó bajo mi blog de dibujo, describiendo lo que pasaba en su cabeza cuando veía el baño de la escuela y pensaba en lo que podría hacer conmigo.
La segunda vez ocurrió en una excursión junto a un grupo de amigas. Un hombre apareció en silencio y se nos quedó mirando, se bajó los pantalones y empezó a tocarse frente a nosotras.
No mucho después sucedió un episodio similar tras la huida exasperada de un chico joven, que durante largo rato nos custodió con su bicicleta, para sorprendernos desnudo y meneándose el miembro.
Lo curioso es, que la mayoría de niñas a esa edad, ya habíamos sufrido constantemente episodios de violencia similares, casi hasta el beneplácito de la sociedad. Como si fuera normal que una niña o mujer en algún momento de su existencia, tuviera que encontrarse necesariamente envuelta en una situación vulnerable con su cuerpo.
“La culpa es tuya por vestir con faldas cortas y camisetas ajustadas”, “Si no te hubieras desarrollado tan pronto…”, “La tetas es lo que tienen”, “Si no estuvieras tan buena…”, “Llamas demasiado la atención”, “Eso te pasa por ser mujer”.
Siempre la culpa. Nuestra culpa.
Una culpa que se ve refleja en nuestro desarrollo sexual ligado desde niñas a sentimientos de vergüenza, disgusto, dolor y humillación.
Fueron tantos años los que creí realmente que estaba mal el hecho de que mi cuerpo se desarrollara y los hombres empezaran a mirarme las tetas, que durante mucho tiempo precinté mis pechos en desarrollo y usé ropas anchas para esconderme de las miradas ajenas.
Después de estos primeros acontecimientos violentos durante mi infancia y adolescencia, llegaron otros cientos con los que tuve que lidiar día tras día, aprendiendo a sobrevivir con miedo, impotencia y desconfianza, hacia un mundo que nos enseñaba que ser mujer, era necesariamente estar expuesta a miradas, toqueteos, palabras obscenas, insultos, golpes, burlas, abusos y violencia.
Solo hace unos pocos meses que reafirmé mi propia violación. Y ahora tras analizar la cronología de los abusos que ha sufrido mi propia persona, soy consciente de que todos estos acontecimientos me fueron preparando para lo que irremediablemente me iba a suceder, hasta el punto de creer durante muchos años que así debía de ser, que algo estaba mal conmigo o simplemente, la negación de que yo también fui una mujer violada, usada y ultrajada.
Sucedió hace seis años, durante mi residencia en Buenos Aires. Hablar de esto me da vuelta las tripas. Siempre creí que debía enfadarme. No sé si conmigo misma, con la sociedad, con los hombres, con mi pareja en ese momento porque no supo leer mi mente o con todo al mismo tiempo.
Sin embargo, no estoy molesta, no siento rabia, ni asco, ni pena. No siento nada. Como si esto nunca me hubiese pasado a mí, y escribiera sobre la historia de alguien que solo está en mi cabeza.
Pero esta es mi historia, y creo, que la historia de cientos de mujeres que durante años, sintieron vergüenza o miedo o simplemente intentaron olvidar lo ocurrido y desconectarse de los sentimientos para sobrevivir. Porque eso es lo que hacemos, sobrevivir.
Una vez leí que muchas sobrevivientes se critican a si mismas por la forma en que reaccionaron para arreglárselas. Yo siempre supe lo que me hicieron, pero no quise reconocerlo, creo que por vergüenza. Fue más fácil callarme, alejarme y hacer como que nunca pasó.
Ahora se, después de tanto tiempo, que hice lo que hice para sobrevivir, que así debió ser y que ahora, después de canalizarlo y sentirme con la fuerza necesaria, puedo empezar a hablar de ello, sin miedo, sin vergüenza ni odio.
Soy consciente de que hay muchos tipos de violación. No creo que unas sean peores que otras. Los efectos de los abusos sexuales pueden invadirlo todo; nuestra identidad, nuestras relaciones, nuestra cordura, donde sea que miremos, vemos sus efectos, aunque no seamos conscientes.
Yo recuerdo despertarme en un lugar conocido, aunque no debería haber estado allí. Sobre una toalla en el suelo. Con la ropa mal puesta y las bragas del revés. Sucia. Mareada. Lo último que recuerdo es salir de trabajar y tomarme una cerveza en un bar cerca de mi casa para irme en seguida a descansar. Después de eso no hay nada. Solo el corazón latiendo tan fuerte que me duelen los oídos y las tripas revueltas hasta el mareo. Siento nauseas, y ni si quiera se bien por qué.
Antes de llegar a casa pasé por la farmacia, me compré una pastilla del día después. Sabía que habían abusado de mí, no se quién, o quienes, ni por cuanto tiempo.
Después de eso decidí guardarlo, callarme. Sin sospechas, sin temores, sin miradas atrás, sin juicios.
Esta es la primera vez que hablo de esto tan detalladamente, y mientras pulso las letras de mi ordenador escucho un zumbido en mi cabeza, el aire se me atraganta en el pecho, y ni siquiera se bien lo que pasó aquel día. Solo se que pasó.
Solo hace unos meses leí un artículo de una chica que contaba como la violaron. Me leí, ahí mismo. Después de tantos años de negación y silencio, ahí estaba yo. Liberándome.
Por eso escribo hoy esto, 6 años después, como si hubieran sido 300, no importa. Muchas personas se preguntarán ¿Por qué ahora? ¿Qué importancia tiene hablar de esto después de tanto tiempo, hacerlo público?
No pretendo convertirme en una víctima, aunque por supuesto que lo fui, no quiero mostrar lástima, ni apego, ni ningún otro sentimiento más que el de la fuerza y la valentía que quiero transmitirle a todas las mujeres que han pasado por algo similar. Porque sin saberlo, esto ha dominado muchos aspectos de mi vida, me ha dañado, ha influido en mi todo este tiempo y es importante, claro que es importante hablar de ello.
Soy consciente de que los efectos de cualquier abuso sexual, pueden ser horribles. Pero no tienen por qué ser permanentes. Reconocer como han influido los abusos sexuales en nuestra vida es también parte de ese proceso de curación. Leernos, escucharnos y reconocernos “a mi también me pasó”, y no sentir que estamos solas, o que debemos llevarlo en soledad.
Amarnos, por encima de todo, somos unas valientes, que pese a todo seguimos caminando, luchando, criando, amamantando, riendo, gozando y sobreviviendo.

A todas las sobrevivientes.

Publicado el 19/05/2018