Era mi 19 cumpleaños

Era mi 19 cumpleaños. Tenía mi casa sola, así que empezamos ahí la fiesta por la tarde. Por la noche, continuamos la fiesta en un bar próximo a mi casa. Cuando llegamos, mi pareja estaba allí con su familia y su otra novia. Ahí me enteré de cómo estaba jugando conmigo, así que no se me ocurrió otra cosa que «ahogar» el desengaño amoroso. Mi pareja se comportaba como si nada estuviera pasando. Como si tener varias parejas fuera de lo más normal. Allí nos quedamos, porque así lo decidimos, aunque mis amigas estaban preocupadas por mí.

Cuando mis amigas decidieron marcharse a casa, yo no quería llegar a la mía, así que pedí una última cerveza, antes de llegar a mi casa vacía, pues eso era lo último que necesitaba en ese momento. Un conocido y habitual del bar (en mi pueblo nos conocíamos todos) me dio conversación aparentemente para que me desahogara. Tenía la edad de mi padre, y siempre estaba con líos con la policía. Me invitó a una última copa. Cuando bebí un par de tragos, empecé a encontrarme mal. Mi abogada me dijo después que me había drogado, por los síntomas que presentaba.

Así, casi sin sentido, el conocido, que sabía dónde vivíamos todos, por ser un pueblo, se ofreció a llevarme a casa. Tal y como estaba, sinceramente, habría aceptado la ayuda de cualquiera, pues estaban cerrando el bar y no estaba en condiciones ni de dar la vuelta a la esquina. Cuando llegamos a mi casa, el día acabó de empeorar, ni siquiera me tenía en pie, no veía, era como un trapo. Ni siquiera encontraba las llaves de mi casa. Como un buen «samaritano», buscó mis llaves en el bolso, abrió la puerta y me condujo al sofá.

Lo siguiente que recuerdo es verle abalanzarse sobre mí, quitarme la ropa… Quería gritar: NO! Pero tan sólo salía un susurro de mis labios. Quedé sin conciencia al poco de la penetración… Doy gracias por ello, pues no recuerdo desde este momento hasta que me desperté.

Cuando me desperté, tenía semen por las piernas, me dolía ir al baño a hacer mis necesidades, y me sentía sucia. Tenía vergüenza por lo que había pasado, pues yo pensaba que era un buen samaritano que me quería ayudar, no pensé que me fuera a hacer nada. No quería recordarlo, me metí en la ducha, estuve un buen rato bajo el agua, intentando que se llevara ese semen y mis recuerdos.

Pasaban los días y no dije absolutamente nada.

Días después, unos amigos me vieron, se acercaron a saludarme por la espalda, y pegué un bofetón al primero que pillé. Ahí empezaron a preguntarme qué había pasado para que estuviera tan a la defensiva. Recordáis el hombre que estaba con mi novio, el día que le conocimos? Cuando celebramos mi cumpleaños, pasó esto. Me fié de él, por ser amigo de mi novio…

Una de mis amigas me presentó a su abogada, con la que estuvimos largo rato, pues aún hoy me cuesta hablar del tema… Como no podía ser de otra manera, me recomendó denunciarlo de inmediato y hacerme las pruebas de enfermedades venéreas. Cuando llegué al hospital, me dijeron que esas pruebas no las hacían sin denuncia previa. De modo que me tocó ir a denunciar, para poder ir al hospital y ver si tenía secuelas y realizar las pruebas. Ya sabía que no tendría secuelas físicas, ni siquiera podía gritar para que parara… Qué fuerza podía hacer?

Efectivamente: secuelas físicas prácticamente nulas. Tan sólo estaba muy irritada.
He de decir que, afortunadamente, tampoco tenía enfermedades venéreas, aunque para el SIDA ya sabéis que se tarda más en saberlo.

Mi abogada me recomendó entonces contárselo a mis padres. Nuestra relación había empeorado y, con lo que me costaba hablar sobre el tema, al final, fue ella misma la que llamó a mi padre para contarle la situación. Mi padre me vino a recoger, no hablamos mucho. Tan sólo le pedí parar por la farmacia para comprar un test de embarazo.

Cuando llegamos a casa, mi madre me miraba con cara horrorizada, pero ni la mitad de lo que me miró cuando salí del baño con un test que marcaba positivo.
Desde qué todo ocurrió, iba como un zombie, por lo que mis padres decidieron por mí: ante la duda de si es de tu novio o de ese energúmeno, aborto.

Cuando estábamos en la clínica, y nos dijeron de cuánto estaba, vimos que me había quedado embarazada en esos días. Desafortunadamente, como supe después, no era del que me violó…

A partir de ahí me sentía mal, además, por haber abortado. Hoy soy consciente de algo: si le hubiera tenido, tampoco estaba mentalmente lista para tenerlo después de todo lo ocurrido, pero aún me duele recordarlo, o ver a un niño por la calle de la edad que tendría él/ella.

Por esos días, la policía me llamó para enseñarme fotos e identificarle. Cuando le señalé, tras tres álbumes de fotos vistas, me dijeron (y por eso me enteré) que tenía antecedentes penales, al parecer, tenía numerosas denuncias, de diversos temas. Había pasado desde los 18 entrando y saliendo de la cárcel. Cuando me lo dijeron sentí pavor, un miedo que nunca había sentido antes. La policía dijo: se veía venir. Estamos cansados de detener a este tipo de gente, para que en dos días vuelvan a estar en la calle. Esa frase se me marcó a fuego. Sigo teniendo pesadillas con ella.

Los médicos forenses me trataban como si él fuera la víctima, hasta el punto de reventar y decirles que yo también era persona y que lo que conseguía avanzar en terapia se lo cargaban cada vez que iba a verlos. Esa fue la última vez que me llamaron.

Soy consciente que, al denunciar tan tarde, perdí todas las pruebas que podía presentar, por eso es importante denunciarlo en el momento, para no repetir la experiencia.

Amigas que en un principio dijeron que iban a declarar sobre comportamientos que había tenido previamente a eso, empezaron a «chantajear» con ir o no al juicio, incluso a mentir, sino hacía cosas que las beneficiaran en ciertos momentos. Al final, corté la relación con todas las que hicieron eso, porque me superó.

Y a partir de ese momento caí en una espiral peligrosa: drogas, intento de suicidio (al parecer me salvé porque me levanté a vomitar por la noche, las pastillas para el insomnio que me había tomado, no recuerdo cuántas tomé ese día).

Cuando se le acabó la prisión preventiva (estuvo un año) volvió al pueblo. Tenía una orden de alejamiento, pero le veía todos los días, aún llamando a la policía y a la abogada, siempre se salía con la suya. Sabía dónde vivía y siempre se dejaba caer por ahí.

Sabéis? En el juzgado me preguntaron qué quería conseguir en el juicio, qué pedía. Lo único que quería era no verle más, me recordaba lo que había pasado. Finalmente, decidí marcharme de la comunidad autónoma en la que vivía. Mis padres me ayudaron a alquilar un piso cerca de la playa. Pero había algo que me impedía disfrutarlo. Tenía agorafobia, por todos los traumas no resueltos.
Quizá el método de mi padre era muy radical, pero funcionó. Me dijo que, o buscaba un trabajo por allí, o dejarían de ayudarme. Finalmente salí a buscar trabajo.
Llevo ocho años volcada en el trabajo, pero sin vivir la vida. No ha sido hasta hace poco que empecé a tener amigos, a salir, y a volver a tener vida, nueve años después de aquello.

Me alegra el cambio, el empezar a vivir, en estos momentos en los que la crisis me ha dejado sin trabajo, pues entre ellos y mi blog, mantengo la cabeza ocupada para no pensar en aquellos días.

Por supuesto, perdí el juicio, de mis antiguos amigos, sólo se presentó uno a apoyar y declarar.

Y aún hoy, aunque parezca mentira, me duele al principio de la penetración, cuando mi pareja actual y yo tenemos relaciones íntimas. Sigo despertándome por las noches con ese sudor frío, con recuerdos… Y cada vez que hablo de ello, como ahora al escribirlo, mi corazón se estremece y me tiembla todo el cuerpo.

Publicado el 4/10/2012