Chamula

Tenía que ir más al sur. Desayuné bien y cogí un autobús popular. Llegué a un pueblo, estaba en fiestas, era Santa Rosa. Había algún turista y muchos indígenas. Salí del pueblo y seguí un camino. Tenía que ir más al sur. Desayuné bien y cogí un autobús popular. Llegué a un pueblo, estaba en fiestas, era Santa Rosa. Había algún turista y muchos indígenas. Salí del pueblo y seguí un camino. Algunos niños vinieron a pedirme dinero. El campo era muy verde. Yo iba vestida toda de negro con un jersey de cuello alto. Tenía miedo de que me picara el dengue. Me sentía bien, por primera vez desde que salí de viaje me encontraba a gusto sola, segura. Me quité el jersey desafiando al dengue, estaba cansada de tener miedo. Bastante alejada ya del pueblo me crucé con una señora cargada de leña. Le pregunté adónde iba el camino y me dijo que a otro pueblo, pero que estaba lejos. Decidí volver. Me estaba alejando mucho.

Al llegar al pueblo entré en una iglesia, tuve que pagar, me enfadé con el de la puerta, nunca había pagado para entrar en una iglesia. Los turistas no podían entrar hasta el fondo, los lugareños estaban haciendo ofrendas y no podías entrometerte en sus sacramentos. Tuve una sensación muy oscura. Alguien se me acercó por detrás, empezó a explicarme por qué adoraban a sus santos con refrescos alineados delante de sus rodillas. «Ofrecen las bebidas a cambio de peticiones. Hacen promesas», me dijo. Se las bebían y eructaban. «Hace poco ha habido un sacrificio, había tanto humo y tanta tensión que hemos tenido que sacar a una turista que se ha desmayado. Se han marchado al panteón a hacer otro sacrificio.» Me aparté alejándome de él porque no me gustaban los guías. «Tiene usted un carácter muy fuerte», me dijo acercándose de nuevo. «No quiero guías», le respondí.

Salí de la iglesia y me fui en busca del panteón. Pregunté y nadie sabía dónde estaba. Acabé en el cementerio. Estaba en lo alto de una cuesta entre unos árboles muy grandes. Miré por allí, no había nadie, ni celebración, ni sacrificio, ni nada. Empezó a llover torrencialmente y me puse el jersey. Dos tipos subidos en una camioneta me dijeron que me bajaban hasta el pueblo. Los miré. Llovía mucho, les dije que sí, subí en la camioneta, me llevaron hasta el pueblo, les di las gracias y me bajé. Me refugié bajo el toldo de una tienda que vendía de todo un poco. Me compré un plátano y me lo comí sentada en una silla. No paraba de llover y parecía que no iba a dejar de llover. La gente del lugar me miraba como a una turista más aunque con cierta curiosidad por ir sola. Notaba cierto desdén hacia los turistas, un desdén que no había visto en otras partes del país. Allí eran menos serviciales, más secos, menos amables. Dignos y muy pobres. Te miraban como a un intruso.

Volví a la iglesia, quería saber dónde estaban haciendo los sacrificios. Hacía años había visto sacrificios bastante agresivos en otro país. Había visto cómo mataban animales delante de sus dioses mientras rezaban y gritaban. Todo el suelo estaba teñido de rojo. Había sangre por todas partes.

Entré en la iglesia, atraída por lo oscuro. Era un lugar intenso. Me acerqué al guía y le dije que no había encontrado el panteón. Me dijo que esperara, que estaba atendiendo a otros dos turistas. Era una pareja del país. Me senté en un banco y esperé. Él se acercó a mí y se sentó a mi lado. Me dijo que seguramente la pareja también quería ir a ver los sacrificios y que íbamos a esperarles para ir todos juntos, y que también podíamos ir a ver a un brujo que conocía que era muy poderoso. Había ido a verle hasta gente con sida. Era muy mayor y muy conocido. Venían a verle desde todo el país.

Me hizo esperar más tiempo, vi cómo se despedía de la pareja en la puerta. Me levanté y fui hasta la puerta. «Al final han decidido que no vienen», me dijo. «¿Quieres ir?», me preguntó. «Sí.» «No sé…, me parece que va a volver a llover», me dijo mirando el cielo. Había parado de llover. Yo miré al cielo y no dije nada. «Bueno, vamos a intentarlo», dijo él. Subimos hacia el camino por el que había paseado yo nada más llegar. Pensé que mejor sería ir al baño antes de ir hacia ningún lugar. Le pedí que me esperara fuera, pagué mi moneda a la señora de la puerta y entré. Salí y seguía allí esperándome. «¿Y es un brujo bueno?», le pregunté. «Sí, él sí. Su hija no. Tiene una hija que también tiene poder pero no es buena. Él sí. Él es bueno.» «Es que si no es bueno no quiero verle», le dije. Empezamos a andar por el camino. Yo ya había pasado por allí, se lo dije. Dejamos atrás las últimas casas. «¿Y dónde vive el brujo?», le pregunté. «Fuera del pueblo. Tiene muchos hijos y varias mujeres. Todas quieren estar con él. La gente del pueblo le tiene envidia y se ha tenido que ir a vivir apartado… ¿Y has venido sola?», me preguntó. «Sí. Llevo viajando dos semanas.» «¿Y te estás quedando en la ciudad?» «Sí.» «¿Dónde?» No quería que supiera dónde, ¿para qué lo quería saber? «En un hotel, en el centro.» «Estoy pensando que mejor vamos primero a ver al brujo, que es hacia allí, y luego volvemos y vamos hacia el panteón», me dijo. «¿Y no se van a haber acabado los sacrificios para cuando volvamos?» «No, estarán hasta por la tarde.» Miré hacia donde vivía el brujo. No se veía ninguna casa. Todo era campo. «¿Y está muy lejos donde vive?» «¿Ves la cruz que hay allí arriba en aquella colina?» «Sí.» «Pues allí.» No estaba tan lejos, se veía desde donde estábamos. Quería ir. Tal vez fuera capaz de quitarme el mal de amores. «Vamos», le dije, y salimos del camino bajando por un pequeño paso estrecho. «¿Cómo se llama el brujo?», le pregunté. «Manuel.» Caminábamos entre los huertos. No había nadie. «¿De dónde eres?», me preguntó. «De España», le dije. Él era moreno, con el pelo corto un poco crecido, indio, muy delgado, más o menos de mi estatura. Llevaba un pantalón beige y un jersey de cuadros desiguales azules y blancos. «¿Por qué no llevas un distintivo con tu foto diciendo que eres guía?», le pregunté. «Lo tengo pero no me lo pongo, todos los del pueblo me conocen. Soy guía del Estado, trabajo para la oficina de turismo. Ven, es por aquí», me respondió. Me sentía bien, iba segura, confiada. Él me caía bien. No era pegajoso, ni pesado. «Si te cansas y quieres volver, me lo dices y volvemos. Por mí no hay ningún problema», me decía. «Da gusto ir contigo. Llevé una vez a una alemana y no paraba de hacerme preguntas. Tú no me preguntas nada. Todo el tiempo me preguntaba cuánto quedaba y dónde estaba.» Medio sonreí. Pasamos al lado de un pozo. Me explicó que allí lavaban las ofrendas de los sacrificios, y que allí echaban los restos y las armas. El pozo era muy negro. «Caminas a buen paso. ¿Haces deporte?» «Kárate», le dije. Caminaba detrás de él, le seguía para ir más tranquila, para que no me observara. Empezamos a subir hacia la cruz, había bastante pendiente. Al llegar arriba me dijo que estaba cansado, que se iba a sentar a descansar un poco, que yo estaba en mucha mejor forma que él. Me quedé de pie. Él se sentó debajo de la cruz. «¿Queda mucho?, ¿dónde está la casa?» «Allí, detrás de aquella pequeña montaña», me dijo. Y miró de reojo hacia el pueblo. Estábamos ya bastante lejos. No me gustó aquella mirada. «¿Quieres que volvamos?», me preguntó muy educado. «No, sigamos», le dije. Solo pensaba en el brujo. En el brujo y en mi mal de amores.

Bajamos la cuesta de la cruz siguiendo un pequeño camino y entramos en un valle entre colinas. No era tan verde como los huertos de antes, la tierra estaba labrada. Yo seguía detrás de él, a distancia prudente y con paso firme. Miró hacia atrás varias veces, como para ver si venía alguien. Íbamos callados. Ya no se veía el pueblo. A mitad del valle me dijo que la casa del brujo estaba justo al otro lado. «Detrás de esa montaña. Podemos rodearla siguiendo por el camino, o cruzar la montaña por el bosque y llegamos antes. Tú decides», me dijo. A mí siempre me habían dado mucho miedo los bosques y este era un bosque tupido. «Mejor seguimos por el camino», le respondí. Dimos unos cuantos pasos y pensé en mi miedo, en que estaba cansada de tener miedo. «Vamos a cruzar por ahí», le dije de repente. Atravesamos por el borde de un terreno con la siembra bastante alta y empezamos a subir la cuesta. No era un camino y había mucho barro. La cuesta era muy empinada. Él volvió a mirar hacia atrás, como para volver a comprobar si venía alguien. «¿Por qué miras tanto hacia atrás?», le pregunté. Creo que no me dijo nada. Seguimos subiendo. Entramos en el bosque. Pensé que no tenía miedo. Seguíamos callados. Aquel lugar era cada vez más oscuro. Había mucha vegetación. Árboles, arbustos, hojas caídas… La tierra estaba húmeda de la lluvia. No se oía nada. «Vamos a torcer por aquí», dijo. Era hacia la derecha. «Pero para llegar al otro lado hay que seguir recto. Por ahí vamos a ir hacia arriba», le dije. Pensé que por ahí no podía ser. ¿Por qué quería ir por allí? Ya le había seguido bastante. Nos habíamos distanciado mucho del pueblo. En un principio la casa estaba junto a la cruz. Quería volver. No me gustaba aquello. Quería volver al camino, al valle con luz. «Mejor vamos a volver al camino, prefiero ir por el camino», le dije. «De acuerdo», me dijo. «Espera un momento, que tengo ganas de orinar. Ahora nos vamos», me dijo. «Vale», le contesté. Retrocedió y dio unos pasos más allá parándose por donde habíamos venido. Se paró de espaldas y hurgó en los pantalones. Ya no estaba delante de mí, sino detrás. Se dio la vuelta bruscamente con un cuchillo en la mano mirándome con crueldad. Se me tensó todo el cuerpo, el corazón me empezó a latir, las manos a sudar y pensé: «Mierda». Sentí terror. «Esto es un asalto», me dijo. «Quieta, no hagas nada.» Se empezó a acercar a mí muy despacio con el brazo con el cuchillo tenso y el resto del cuerpo también. Miré a mi alrededor, vi el bosque, los árboles por todas partes, y pensé que eso no me estaba pasando a mí, que no podía ser, que no era real, que yo no estaba allí, que solo me estaba viendo. Que era un sueño. Un mal sueño. Un jodido sueño real. Era verdad y me estaba pasando y no tenía tiempo que perder porque se me estaba acercando. Pero ¡claro! Era obvio. ¡¿Cómo no me había dado cuenta desde el principio?! ¡¿Qué tenía en la cabeza?! Soy imbécil. ¿Y si echo a correr? Él me tapaba la salida, el bosque era espeso, había muchos árboles, muchos arbustos, tropezaría, me cogería, no podía ir hacia donde había venido, el único camino que conocía de vuelta era ese, ¿y si me adentraba aún más en el bosque?, le daría la espalda, ¿y si me clavaba el puñal por la espalda?, tenía miedo, mucho miedo, yo no aguantaba mucho corriendo, no sería capaz de llegar corriendo hasta el pueblo, ¿cómo iba a bajar corriendo la cuesta llena de barro y piedras que habíamos subido hasta el bosque? Miré hacia mi izquierda y vi los troncos de los árboles y vi la muerte. Era tan plana. No había nada. Nada detrás. Era un plano fijo y vacío. La realidad congelada sin nada detrás. Hueca. No había nada. Nada detrás. Estaba vacía. Era el final.

Nunca la había visto antes. No me gustó.

Y estaba yo sola. Tan sola. No había nadie más. Me iba a morir y daba igual. Me moría yo, ni mi hermano, ni mi madre, ni nadie más. Me iba a morir y estaba completamente sola. Nadie se moría conmigo. Me moría yo. Esa espeluznante soledad. «Espera, espera un momento», le dije. «Espera.» «Soy de la guerrilla», me dijo. «Sabemos quién eres, te venimos siguiendo por varias ciudades. Eres médico y estás haciendo fotos de la guerrilla. Dame la cámara.» ¿La guerrilla?, pensé. Quería verlos y los he encontrado. No, así no. «Te equivocas. No soy yo. No tengo cámara, te lo juro. ¿Dónde la voy a llevar?», me toqué los bolsillos, no llevaba bolso, no me cabía la cámara en ningún sitio. «Sabemos dónde has estado», me nombró lugares turísticos donde sí había estado y otros donde no había estado. «No he estado en todos esos sitios, te equivocas. No soy yo, déjame marchar.» «Dame la cámara.» «Te digo que no tengo ninguna cámara.» Avanzaba hacia mí y yo retrocedía. El cuchillo seguía en su mano. Brillaba mucho. No podía quitar los ojos del cuchillo, de su brillo, de su filo. «También tengo pistola. ¿No me crees? ¿Quieres que la saque?» «No.» «Dinero. Dame dinero. Dame lo que tengas.» Me abrí la cremallera de detrás del pantalón y le di todo el dinero que llevaba, algún billete y monedas, era poco. «Déjame unas monedas para el autobús, para volver a la ciudad», le dije. No me las cogió. «Te tengo que marcar», me dijo. «Tienen que saber que he estado contigo.» Imaginé el cuchillo rajando mi cara y me aterroricé aún más. «No, eso no», le dije. «Soy actriz. Hago películas. No me toques la cara, el cuerpo no. Por favor, no me hagas nada. Volvamos juntos a la ciudad, te daré más dinero. Iremos al banco. Te lo juro. No me marques», le dije con pánico. «Tengo que hacerlo. Te voy a marcar…», y se acercaba hacia mí. «¿Y los otros? ¿Dónde están los otros?» «Están aquí», dijo moviendo los ojos hacia los lados. «Llámalos. Diles que vengan.» Igual hay alguno que me quiera cuidar, pensé, que me salve, uno que mande más. El jefe. «No quieres que los llame, créeme, si vienen va a ser peor.» ¡Peor! ¡Peor aún! ¡Qué puede ser peor aún! No me detuve a pensarlo. El miedo siguió hinchándose. «Ven.» Nos mirábamos fijamente, apenas nos movíamos, todo estaba paralizado, yo no podía parar de mirar el cuchillo, el brillo del cuchillo, el cuchillo en mi cara, la marca para siempre, la señal.

«Te voy a matar.» «Pero es que no lo entiendes, mi vida, MI VIDA, no se puede acabar aquí, es demasiado pronto, todavía tengo que hacer muchas cosas. Yo no me puedo morir hoy, no tiene sentido. No tiene sentido. Es que no tiene sentido. ¿Entiendes? Yo, yo, yo tengo que seguir viviendo. Me quedan cosas importantes por hacer. No me mates. No me mates, por favor. Por favor, no me mates.» Me vi tan pequeña, mi vida, mi vida no era nada, nada en absoluto, era algo que otra persona me podía quitar, alguien a quien ni siquiera conocía, alguien a quien le daba igual, alguien para quien mi vida no era nada. Nada. Nada de valor. Alguien a quien tenía que suplicar. Suplicar por mi vida. Mi insignificante vida. Iba a morir con un final violento, violento y absurdo. Completamente absurdo. Iba a morir desangrada en un bosque lejos de casa, sin que nadie supiera que yo era la que había muerto, sin que nadie me encontrara, sin que nadie supiera de mi final. Desaparecida desde hacía dos semanas, nadie sabía dónde estaba. Tendría que venir mi hermano a buscarme por todo el país, dejaría a mi familia con una incertidumbre de por vida.

«Túmbate ahí.» Me señaló con el cuchillo el suelo al lado de un arbusto. «Te voy a hacer el amor.» Me va a violar. Recordé en ese instante una escena de una película donde una joven está siendo iniciada y un amigo, su amante, la lleva en barca hasta una barraca llena de gente, donde un viejo elegante vestido de blanco la posee por detrás mientras los demás gritan. Ella sale aturdida del lugar, acompañada de su amante, sintiendo que ha tenido una nueva experiencia. «Tengo sida.» «Me da igual.» «Por eso quería ir a ver al brujo, de verdad.» «Túmbate.» Voy a ser una mujer violada, pensé. Voy a ser una mujer violada. No quiero ser una mujer violada. No quiero ser una mujer violada. Y no recuerdo cómo acabé en el suelo, creo que me senté yo, pero no lo recuerdo, no lo recordaba ni el día después, no lo recordaba ni al salir de allí, ni al contárselo a la primera persona. No recuerdo cómo acabé en el suelo con él sentado encima de mí. No recuerdo cómo llegué a esa postura tan vulnerable. He pensado que no lo recuerdo porque fue el momento en el que me sometí. El momento en el que tuve más miedo, pero no, no sé, el más terrorífico fue cuando se volvió y me sacó el cuchillo, cuando se descubrió. Quizás me empujara él, no lo recuerdo, pero en ningún momento le había dejado acercarse a mí, no pudo empujarme, no lo sé, si se acercaba yo retrocedía, creo que no pudo empujarme, ¿por qué es tan importante para mí cómo acabé en el suelo? Porque fue el momento más vergonzoso. Porque pensé que prefería que me violara a que me marcara la cara. Porque la violación se veía por dentro, pero no por fuera, y si me marcaba la cara, cada vez que me mirara al espejo me iba a acordar de lo que me había pasado, cada vez que alguien me mirara se lo iba a ver, en su mirada. Iba a estar marcada, no iba a ser la misma persona. Mi vida iba a cambiar radicalmente. Dejaría de ser una chica guapa y me convertiría en una víctima. Pero si me violaba podía contagiarme el sida, se iba a meter dentro de mi cuerpo. ¿Era menos importante que me violara que que me marcara la cara? ¿Tanto me preocupaba mi aspecto físico? Pensé en las revistas de moda. En las modelos sin marcas en las caras. Me sentí idiota, occidental, con los valores trastocados, imbécil, tonta, pero no quería que me marcase la cara. Estaba sentado encima de mi estómago, yo estaba tumbada, en su mano derecha tenía el puñal, a mí el puñal era lo que más miedo me daba, con mi mano izquierda le agarraba su muñeca derecha, él hacía fuerza, yo no quería que acercara el puñal a mi cara, con su mano izquierda me apretaba el cuello, cada vez más fuerte, me asfixiaba, yo empujaba la mano del cuchillo hacia atrás, él me gritaba: «¡Suéltame! ¡Suéltame!». «¡Te suelto si guardas el cuchillo!», gritaba yo. Comprobé que tenía suficiente fuerza como para impedir que acercara el cuchillo a mi cara, suficiente fuerza con mi mano izquierda, él no era tan fuerte, era muy delgado, aun así me tenía inmovilizada, con mi mano derecha intentaba apartarle su mano izquierda de mi cuello, me estaba asfixiando, notaba cómo mi fuerza disminuía, disminuía poco a poco, me quedaba sin voz para el trato, el trato de que le soltaba la muñeca si él guardaba el cuchillo, notaba la presión de sus dedos en mi cuello, cada vez más fuerte, me estaba asfixiando mientras yo forcejeaba, me tenía inmovilizada, yo no podía hacer nada, lo único que quería es que guardase el cuchillo, el cuchillo, el cuchillo, que guardase el cuchillo. Bajó la voz y me dijo calmándose que lo iba a guardar, que lo soltase. Lo solté, cerró la navaja y se la metió en el bolsillo de detrás del pantalón. Me quitó la mano del cuello. Tosí. Me podía haber asfixiado. Respiré varias veces seguidas. «¿Ves como lo he guardado? Ya no está.» Vi como mi jersey se había roto con el forcejeo. Pensé que ya que había conseguido que guardase el arma y me soltase el cuello, era el momento de darle un puñetazo en los huevos y salir corriendo. Encogí el brazo derecho todo lo que pude, como me habían enseñado, y golpeé con todas las fuerzas que me quedaban tras la asfixia. No atiné. No llegué. Lo intenté otra vez. No llegué tampoco. Tal y como estaba él sentado, no lo conseguí. Me miró a los ojos encolerizado, se volvió cruel, muy cruel, levantó el puño derecho y me dijo: «Con que me has salido rebelde, ¿eh?», y empezó a golpearme la cabeza, las sienes, de un lado y de otro, los golpes sonaban muy huecos, tremendamente huecos, a vacío, me asusté, nunca me habían golpeado así, seguía, no paraba, temí morir, eran golpes opacos. «¿Quieres que te rompa la nariz? Te rompo la nariz. Mira que te rompo la nariz.» Y me amenazaba con el puño en alto. Pensé que la nariz se podía recomponer, que me daba igual, pero imaginé la sangre. «No, no. No hace falta. No.» Volvió a golpearme en la sien. Noté sangre en el labio, uno de los golpes había ido al labio. Sentía el dolor de los golpes, pero lo que me dolía era el daño, el daño que me podrían llegar a hacer. Era un dolor futuro, el impacto se acallaba con el siguiente golpe. No importaba. Mientras me golpeaba me decía: «Porque aquí odiamos mucho a los españoles. Odiamos mucho a los españoles». Cuánta rabia tenía. Paró y me miró con odio. «Porque yo te mato. Yo te mato. ¿No me crees? ¿Crees que no he matado ya alguna vez?», y me clavó los ojos. Le creí. Claro que le creí. Y remató los golpes con unos puñetazos en la boca del estómago. Para que me quedara claro.

Los golpes me dejaron en mi sitio. Creo que fue entonces cuando me planteé que me tenía que ir haciendo a la idea de que me iban a violar. Tenía que asumirlo. La cosa iba en serio y el tipo lo tenía muy claro. Los golpes me habían dejado desarmada físicamente. Mis ridículos puñetazos de niña me habían costado caros. Si iba a intentar alguna cosa más, no podía fallar, si lo hacía y fallaba, ese hombre me iba a matar. La idea me aterrorizó, me aterrorizó lo suficiente como para ser prudente y frenar mi prepotencia. Estaba claro que era más fuerte que yo. Estaba bien claro. Por mucho que fuera un escuálido y de mi estatura, era un hombre y era más fuerte que yo. Sentí esa impotencia. Pensé que la única arma que me quedaba era el cerebro. Intentar convencerle. Yo era buena convenciendo. Me concentré. Todo era presente. Presente absoluto. No recordaba nada, no pensé en nadie, en nada que no fuera cómo salir de esa situación. Me enfrié. Se enfrió mi mente y surgió mi superviviente.

Me bajó los pantalones y las bragas bruscamente, sin morbo, sin contemplaciones, sin perversiones. Quería penetrarme. «¡Espera! Es que lo que te he dicho antes del sida es mentira, pero lo que no te he dicho, que sí que es verdad, es que tengo un herpes. Míralo si quieres, está ahí, ¿lo ves?», le señalé la parte derecha inferior de los labios de mi coño. Él ni miró, se desabrochó los pantalones. «Lo tengo desde hace diez años. Es muy contagioso y muy doloroso. Se te hace una costra muy grande y después se te va cayendo la carne a cachos.» «Me da igual.» Se aproximó sobre mí. Empecé a temblar. Pensé que si exageraba el temblor igual le daba pena, se daba cuenta de lo que me estaba haciendo, de cómo estaba yo, o pensaba que me iba a dar un ataque de epilepsia, o una crisis histérica, y se le quitaban las ganas de violarme. «¡Deja de temblar!» Paré. Su voz había sido tajante. «Como no te dejes te voy a tener que dejar sin conocimiento para poder hacértelo.» «No, eso no. Me dejo. Me dejo.» Si me quedo sin conocimiento estoy perdida, pensé. Necesito estar consciente para salir de esta. Inconsciente, no. No. Me imaginé cómo después de violarme inconsciente cogía una piedra y me mataba golpeándome la cabeza. Intentó penetrarme. Yo apretaba los muslos y él no podía. Los apretaba y los apretaba. «Lo del herpes es terrible. Ya verás. Te vas a arrepentir.» Él seguía intentando entrar. Yo seguía cerrando las piernas con fuerza. Notaba parte de su piel contra la mía, estaba caliente, era ajena, extraña. Yo presionaba los muslos con todas mis fuerzas. Él intentaba entrar. «Pero espera un momento, vamos a hablar, espera…», yo no paraba de hablar ni un momento, todo el tiempo, no sé qué le decía, le contaba cosas, le hacía preguntas y seguía hablando. Notaba cómo no conseguía entrar dentro de mí, ni siquiera la tenía dura. Era un tío muy básico, no parecía tener mucha experiencia sexual, yo le superaba con creces. Eso me dio un poco de seguridad, yo conocía mejor el terreno. Tenía que conseguir que no me la metiese. Lo tenía que conseguir. «Si no paras de hablar no se me va a poner dura. Saca una pierna del pantalón. No consigo entrar así.» No, no quiero, así me va a poder abrir las piernas más fácilmente, no quiero desvestirme, no quiero, me la va a meter, lo va a hacer, tengo que quitarme el zapato, el pantalón no sale, el pantalón no sale. Me quité el zapato, apoyé el pie en el suelo, estaba mojado, había estado lloviendo y el suelo estaba húmedo. Había muchas hojas, y barro y ramas. Recuerdo la imagen de mi bota marrón abierta caída de lado encima de las hojas. Saqué una pierna del pantalón, despacio, por si se arrepentía. No se arrepintió. Me subí las bragas. «Eso también.» Saqué la pierna de las bragas. Intentó volver a penetrarme con prisa. Yo seguía apretando las piernas. Seguía sin ponérsele dura. No iba a conseguir entrar nunca. Me pareció que era muy fácil impedir que alguien me penetrara a la fuerza. Me dio la sensación de que él no sabía lo que hacía. Estaba nervioso. «Tengo novio. Nos íbamos a casar dentro de poco. En cuanto sepa esto no se va a querer casar conmigo ya. Nos íbamos a casar…» «Así que eres virgen, ¿verdad? Pues le vas a contar todo lo que te ha gustado conmigo.» Hijo de puta. Es patético. Este impotente. Encima le pone desvirgarme. Será cruel. Él seguía intentando penetrarme, yo seguía cerrando las piernas, cada vez tenía menos fuerza, cada vez estaba más cansada, más cansada. ¿Cuánto tiempo íbamos a estar así? Consiguió apoyar la punta de su polla en mi agujero. Yo grité: «¡El herpes! ¡El herpes! ¡Ay! ¡Me duele el herpes! ¡EL HERPES!». Pensé que no me oía nadie. No había nadie. Estábamos solos, lejos del pueblo, lejos de los demás. Más tarde pensé que aquellos gritos me liberaban, me liberaban del dolor, del dolor emocional. Lo sacaba por ahí. Me aliviaban. «No puedo, no puedo metértela. No paras de hablar y no se me pone dura.» Lo curioso es que me escuchaba, escuchaba lo que le decía resignado y yo no paraba de hablar. «Ya sé, te la meto en la boca y así me la pones dura.» Eso sí que no, pensé, eso sí que no. Se puso de pie, me dijo que me pusiera de rodillas, me agarró la cabeza y me la acercó a la boca. Cerré los labios, me acordé de que tenía sangre, pensé en contagios, pensé en que me parecía muy humillante, más que que me penetrara vaginalmente, pensé que era más seguro, más seguro contra el sida y para no quedarme embarazada, pensé que si conseguía que se corriera mientras se la comía conseguiría que no me violara, pero me daba mucho asco, su polla era asquerosa, no quería saber cómo sabía, no quería quedarme con ese sabor, no quería, no quería, no quería, aunque se corriera querría penetrarme después, seguro, seguro, no se la iba a comer, de ninguna manera, de ninguna manera, no, no, no quería, apreté los labios y sintiendo cómo la empujaba dije como pude de lado: «Es que no sé, es que no sé. Nunca lo he hecho». Desistió, no sé si porque realmente creyó que no sabía o porque le dio pereza empezar otra nueva lucha, o porque se le ocurrió que me iba a penetrar desde atrás. «Ponte a cuatro patas, te la voy a meter así.» «¿Cómo? ¿Cómo quieres? Es que no te entiendo. Es que no sé cómo quieres que me ponga.» «Apóyate en las manos, arrodíllate.» Ni de coña me la mete así, es muy humillante, ni hablar. No. No. No. «No, así no.» También lo conseguí. No sé cómo, pero estaba empezando a consentir, a haber un acuerdo. Poco a poco nos íbamos conociendo más. La situación era más familiar. Se puso a llover, levemente. Mis rodillas estaban llenas de barro, tenía ramas y hojas por todas partes. Hacía frío, un frío húmedo. Mi ropa estaba mojada. «Vámonos, se ha puesto a llover. Va a empezar a llover más. Vámonos.» «Ya sé lo que vamos a hacer. Túmbate al lado de ese árbol y apoya la pierna en el tronco.» Me señaló un árbol detrás de mí. Si me hacía apoyar la pierna en el árbol estaba perdida, iba a entrar seguro. No podría presionar con los muslos. Era mi fin. «¿Tienes un condón?», le pregunté. «No, ¿tú sí?» Vaya. «No.» Qué absurdo. «Yo te dejo hacérmelo si me juras que después no me vas a matar.» «Te lo juro.» «Júramelo por tu madre.» «Te lo juro por mi madre que la mataron.» Y se le mojaron los ojos de ira mientras me miraba fijamente. Me acerqué al árbol arrastrando la pierna del pantalón que llevaba quitada. El pie sin zapato lo tenía empapado. Me senté junto al árbol. Él se acercó frente a mí. «Pon la pierna en el árbol.» Yo subí mi pierna izquierda. Él se la tocaba intentando que se le pusiera dura. Seguía lloviendo. Estaba muy cansada. Aquello parecía que no iba a acabar nunca. «¿No estás cansado? ¿Por qué no lo dejamos y nos vamos tú y yo tranquilamente a un bar a tomar algo? ¿No te apetece tomar un trago? ¿Tomar algo y hablar? Está lloviendo. Llevamos ya intentándolo mucho rato. ¿No quieres que nos vayamos?» Hice amago de bajar la pierna. «No bajes la pierna del árbol. De ahí no la muevas», me dijo bruscamente. Seguía lloviendo. Estaba tan cansada… Me quería ir. Quería que aquello se acabase. Quería salir de aquella pesadilla. No tenía fuerzas. Ya no tenía fuerzas para seguir luchando. Me quería marchar. Irme. Quería que acabara. No podía más. Eva, pensé, eres mujer y conoces a los hombres, este tío hasta que no se corra no te va a dejar ir, o te va a matar. Míralo, ahí sigue, intentando que se le ponga dura. Era patético, se la meneaba y meneaba y no conseguía nada. Se acercó para intentarlo otra vez. Empujaba pero no entraba. No la tenía lo suficientemente dura. Empujaba pero nada. «Súbete el jersey. Que te vea.» Me lo subí. Y me subí también la camiseta. El sujetador negro que llevaba no me lo subí. No quería que se le ocurriera nada con mis pezones. Cuantas menos ideas mejor. Siguió tocándose. No conseguía que se le levantara. Yo no quería culminar, me daba miedo, yo podía ayudarlo, podía ayudarle a correrse, sabía cómo hacerlo, cómo ponerle. Pero ¿y si me mataba después? Estaba tan cansada, tanto, me quería marchar. No podía más. Me quería ir. Irme o que aquello acabase. Ya. Ya. Tenía que correr ese riesgo. Lo importante era conseguir que se pusiera cariñoso, que me quisiera un poco, era lo único que podía hacer para tener más posibilidades de que no me matara. Si conseguía que se pusiera cariñoso no me haría daño. No me golpearía más. Entonces fue cuando le dije la frase clave: «Si yo no disfruto, tú no vas a disfrutar». Se volvió más humano, se acercó. Pensé que tal vez si le hacía una paja, si le hacía una paja y conseguía que se corriera me dejaría en paz. «¿Quieres que te ayude?» «Sí, mira a ver.» Se la agarré, era bastante pequeña. Pensé que tenía que hacer mi gran paja, hacer la mejor paja de mi vida, tocarle tan bien que se corriera enseguida y no le diera tiempo a metérmela, intenté aplicarme, se le empezó a hinchar, poco a poco, más. Entonces vi claro que me la iba a meter, que ese tío era un violador y los violadores son violadores porque penetran, porque violan, porque si no, no serían violadores. Efectivamente, apenas se puso lo suficientemente dura para metérmela me la metió. «¿Te gusta? ¿Te gusta?» «Me encanta, me encanta. Córrete fuera. Córrete fuera. Por aquí, en mi estómago, que es lo que más me pone. Por aquí. Por aquí. Cómo me gusta por aquí todo, córrete fuera.» La empujó una vez, la volvió a empujar, «pero qué linda eres», me dijo poniéndose cariñoso y acariciándome la cabeza. Se acercó para darme un beso. Yo cerré los labios, me volví a acordar de la sangre que tenía. La volvió a empujar. Me di cuenta de que estaba mojada, me confundió, ni se la notaba, era muy pequeña, yo estaba solo pendiente de que no se corriera dentro, no sentía nada más e intuí, le empujé. Se corrió en la ingle de mi pierna derecha. «¿Ves cómo me he corrido fuera?» Por lo menos eso lo había conseguido, había conseguido que no se corriese dentro. Me sentí un poco menos invadida. Un poco menos sucia. Con menos peligro de embarazarme y con menos peligro de contagiarme del sida.

Se abrochó los pantalones, me subí las bragas con prisa, me bajé la camiseta y el jersey, metí mi pierna derecha en el pantalón y me lo abroché deprisa mientras busqué mi bota que seguía tirada de lado unos metros más allá, junto al arbusto, metí mi pie con el calcetín húmedo y subí la cremallera. No le di la espalda en ningún momento, no estaba segura, no sabía lo que pensaba hacer conmigo. Me sentía aliviada de haber terminado la lucha, la batalla, pero no sabía cuál había sido el resultado. Esa decisión era suya. Tenía las manos en los bolsillos y buscaba algo. «El dinero. No tengo el dinero.» Levantó la cabeza y me miró. «Me lo has quitado.» «Sí, hombre, no tengo otra cosa mejor que hacer después de todo lo que me has hecho que quitarte el dinero.» Me miró dándome la razón aunque incrédulo. «Se te habrá caído.» Miré al suelo, estaba lleno de hojas, el dinero podía estar en cualquier parte. Nos pusimos a buscarlo, no aparecía. Me desesperé, parecía que todo iba a volver a empezar. «Lo tienes tú. Dámelo. Lo tienes tú.» «No, te lo juro. Yo no tengo nada. Toma, toma las monedas si quieres.» Me vacié los bolsillos y le di las monedas que me había dejado quedarme para el autobús. Me toqué los bolsillos laterales con las manos. «No tengo nada, ¿ves? Esto es el pasaporte. ¿Quieres el pasaporte?» Lo saqué, lo abrí para que viera que no había nada dentro, me acordé de que tenía la tarjeta, la única forma que tenía de salir de allí, en el hotel no me quedaba dinero, la tarjeta estaba metida en un papel dentro del pasaporte, vio el papel con notas y no le prestó importancia. Volví a guardar el pasaporte en el bolsillo. Él se dio la vuelta y siguió buscando el dinero cerca del árbol, yo pensé que tenía que encontrarlo. Tiene que aparecer, por favor, por favor. «Aquí está», dijo. Bien, pensé. Estaba nerviosa, me quería ir, me quería ir ya. Ya. Me miró, se acercó a mí. «Me has caído bien. No te voy a matar.» Intenté sonreír. Bajamos hacia el lugar por el que habíamos entrado en el bosque, donde descendía la cuesta empinada de barro por la que habíamos subido. Me miró de arriba abajo. «Pero se te nota mucho, mira cómo estás.» Me miré. «No importa, yo me arreglo así, ¿ves?», me quité el jersey roto y me lo até a la cintura. Cogí una goma de pelo del bolsillo y me recogí la masa de pelo que tenía llena de barro y hojas. Me sacudí la ropa veloz. «Y no se nota nada. ¿Me puedo ir ya?» Me quería ir. Me quería ir. Me quería ir. «Tú vuelve por donde hemos venido, yo cruzo por aquí y salgo a la carretera. No se te ocurra ir a la policía o decirle algo a alguien. Sabemos dónde estás, en qué hotel estás, y vamos a por ti. ¿Entiendes? Voy a por ti. ¿Te vas a marchar?» «Sí, yo mañana me voy. No se lo voy a decir a nadie, te lo juro. ¿Me puedo ir ya?» «Sí, vete.» En cuanto oí el «í» me di la vuelta y despacio, pensando en que no me podía caer y romperme una pierna, bajé la cuesta resbaladiza de barro. Me volví para ver si venía detrás y vi cómo me miraba, bajé un poco más, me volví otra vez y ya no estaba. Me tranquilicé un poco. Llegué junto al sembrado, aceleré el paso, empecé a erguirme y con paso firme entré en el camino mientras me invadía un sentimiento de felicidad. De eufórica y sentida victoria. ESTABA VIVA. No pensaba en otra cosa. ESTABA VIVA. Había sobrevivido. Estaba viva. Caminaba firme, fuerte. Decidida. Miré hacia atrás. Atrás quedaba el bosque. Atrás quedaba aquel sitio oscuro y tupido, húmedo, aquel agujero. Atrás. Miraba al frente. Erguida. Muy erguida. Aparecieron dos niños, dos niños muy pequeños. Caminaban junto a mí. Me sentí segura. Ya no estaba sola. Salíamos del valle y nos acercábamos al pueblo. Cruzamos la cruz. «¿Qué te ha pasado?», me preguntó la niña, era un poco mayor que su hermano. «¿Qué te ha pasado?» «Me he caído.» Seguíamos andando. «Tienes sangre.» «Sí, ya lo sé.» Me toqué el labio, la vi en el dedo. «Ahí también», me señaló la otra mano. Tenía una uña rota, también tenía sangre. Seguimos caminando, el pueblo estaba ya muy cerca. «¿Qué te ha pasado?» «Me he caído.» «Tienes barro en el pelo.» «Sí, ya lo sé.» «Y ahí también», me señaló la espalda. Entramos en el pueblo. Yo iba directa a por un taxi. Miré en mis bolsillos, me quedaban algunas monedas. Con los nervios no se las había dado, ni me había dado cuenta. Miré dentro del pasaporte, descubrí que el billete más grande estaba ahí, no me había acordado de dárselo. Menos mal que no lo había visto cuando le había enseñado el pasaporte, hubiera montado en cólera por no habérselo dado antes. Los niños me dijeron adiós y se fueron, yo no tenía mucha conversación. Noté cómo algunas personas se fijaban en mí, pero me extrañó que no lo hicieran de forma más evidente. Me sentí bastante invisible. Como si no me hubiera pasado nada. Me acerqué a un taxista, le pregunté cuánto costaba ir hasta la ciudad. Me dijo: «Suba, suba», sin ni siquiera darme el precio. No me gustó. No me pareció seguro. Ya había tenido suficiente. Pensé que con las monedas que tenía tal vez tuviera para la camioneta, el billete que llevaba era demasiado grande. Pregunté y sí que era suficiente. Subí en la camioneta junto a otros turistas y un par de indias del lugar. Me miraron de reojo pero sin ningún tipo de asombro. Yo estaba empapada y sucia. En la carretera, me revisé las manos y los codos, no parecía tener muchas señales. Miré por la ventanilla el paisaje, verde y húmedo, miré a la gente que caminaba junto a la carretera, miré la montaña con el bosque desde el otro lado. Quería llegar al hotel, quería ducharme, limpiarme. Quería llegar al hotel. Llegamos al pueblo. La camioneta paró junto al mercado, donde la había cogido. Bajé, la calle estaba llena de gente, yo caminaba deprisa, ajena, invisible. Vi cómo alguna persona me miraba a la cara, pero yo iba deprisa, quería llegar. Pedí las llaves al recepcionista, sentí cómo me miraba con una mezcla de pesar y curiosidad, aunque casi no le di tiempo. Llegué a la habitación, cerré la puerta y la aseguré con la silla. Encendí la ducha, me quité la ropa con prisa y la tiré al suelo. Me metí bajo el agua, miré hacia el suelo y vi cómo caían la tierra y las hojas y las ramas. Me lavé bien el coño, lo primero, con mucho jabón, me metí el dedo intentando lavarlo por dentro, sacar lo que hubiera, a conciencia. No me gustaba nada meterme el dedo. Me revisé el cuerpo, me lavé los labios con jabón, la uña rota, el resto del cuerpo. Noté cómo empezaba a entrar en calor, estaba helada, helada. Salí de la ducha, me miré en el espejo. Busqué las marcas, las heridas. Tenía los labios hinchados, un corte en el labio, otro encima de la ceja, marcas en el cuello, otra en la barbilla, algún rasguño en los brazos, pero no había cardenales. Me extrañó. Ni había ninguna marca en el estómago a pesar de los golpes. Ninguna. El dolor era interno.

Me lavé los dientes, salí a la habitación, la ropa seguía en el suelo, manchada, mojada, muerta. Pensé en tirarla toda. Me vestí con ropa limpia y seca. Cogí la del suelo, me fui al baño hacia la papelera y la tiré.

Me abrigué bien, cogí el dinero, la tarjeta y el pasaporte y bajé. El recepcionista me miró muy serio mientras pasaba por delante de él. Salí del hotel, miré hacia los dos lados de la calle y fui hacia la derecha, me metí en el primer local de llamadas que encontré. Llamé a la persona que estaba más cerca: a dieciocho horas en autobús. Me cogió el teléfono su amigo, le pregunté por él, me dijo que estaba durmiendo, que si le despertaba, le dije que no, que llamaría después. Que me habían robado y atacado pero que estaba bien. Dije en qué ciudad estaba y que llamaría después. Llevaba dos semanas sin llamar. Desaparecida.

Me fui a la estación de autobuses, estaba todo en la misma calle, en la misma calle del hotel, me acordé de la última vez que había estado allí, acompañando a unos turistas italianos a comprar los billetes de autobús el día que se iban, si me hubiera marchado con ellos… Miré el tablón con los horarios. Me planteé ir a la siguiente ciudad donde tenía previsto ir, ser fuerte y seguir el viaje, omitir el incidente. Miré también horarios para volver a la ciudad de mi partida, para volver con el que no me había querido acompañar en el viaje. Salí de allí. Volví a la misma calle. A mitad de calle estaba el hospital. Entré y fui a urgencias. Había una cola de indios esperando. Miré a mi alrededor. No me vi capaz de esperar allí. Sola. Me encontraba bien, me harían preguntas, tendría que ir a comisaría, testificar, denunciar. Me daban miedo los policías. Estaba sola. ¿Y si ellos también me violaban? Me habían hablado muy mal de la policía de ese país. Me daban miedo. Salí del hospital. Estaba bien. No estaba tan mal como los que estaban en la cola esperando, me iban a decir que a qué había ido. Caminé hasta el final de la calle y llegué hasta la plaza junto al hotel, me fui a una farmacia donde había estado dos días antes, o el anterior, no sé, el tiempo se había dilatado, entré y pedí yodo y una pera para hacerme un lavado vaginal. También pedí alcohol. Pensé que el dinero que no le había dado me estaba viniendo muy bien. No recordaba la clave de mi tarjeta y en muchos bancos tenía problemas para que me dieran dinero. Volví al hotel. El recepcionista me volvió a mirar muy serio. Subí. Me desnudé y me tumbé en la cama con la pera y el yodo. Me metí todo el yodo que pude dentro. Tumbada y con las piernas abiertas. Estaba harta de mi coño. Harta. Harta de andar hurgándome, harta de que se metieran tantas cosas por ahí. Me volví a duchar, el yodo rojo caía resbalándose por mis piernas. Volví a enjabonarme. Las hojas y la tierra seguían en el suelo de la ducha. Cerré el grifo y escuché el silencio. Me sequé y me volví a mirar en el espejo. Sentí cómo la velocidad disminuía. Estaba fría. Eficaz. Muy fría. Cuidándome. Estaba sola. Solo me tenía a mí. Los ojos secos. Ni un sollozo. Ni un suspiro. Fría. Helada. Me veía en el espejo. Me limpié los rasguños y la uña rota con alcohol. Me vestí. Me abrigué. Volví al baño. Miré la papelera con la ropa tirada. Me agaché, cogí la ropa de la papelera y miré prenda por prenda. Las bragas estaban mojadas, eran unas bragas que me habían regalado y que había cosido porque ya se habían roto, las había cosido con hilo rosa. Pensé que nunca más me las iba a querer poner y que ya estaban remendadas, las volví a tirar. El jersey era mi jersey favorito, lo tenía hace muchos años, pero estaba muy roto y no había forma de coserlo, también lo volví a tirar. Pensé en tirarlo todo otra vez. Los pantalones me gustaban, eran muy cómodos y me los ponía a menudo. Pensé que encima de lo que me había pasado no tenía por qué quedarme sin los pantalones, que los lavaba y me los quedaba. Que iba a ser buena terapia volvérmelos a poner a pesar de todo. Que tenía que ser fuerte. Los metí en una bolsa, el sujetador y la camiseta también. El sujetador era nuevo, y la camiseta, que también había sido un regalo, me habían dicho cuando me la regalaron que me iba a dar suerte. Menuda suerte, pensé, bueno, quizás sí, quizás sí que haya tenido suerte. Creo que los calcetines también los metí en la bolsa, aunque no recuerdo haberlos vuelto a ver. Me puse el anorak y salí de la habitación. Bajé a aquel patio tan bonito y que tan poco había disfrutado y le di la bolsa con ropa sucia al recepcionista. Le pregunté si me la podían tener limpia para mañana por la mañana, que me iba. Me dijo que sí mirándome muy serio. Le pregunté si me podían llamar al teléfono del hotel, y me dijo que sí. Me dio el número mirándome muy serio.

Me acerqué al teléfono que había junto al recepcionista y volví a llamar al mismo número de antes. Me lo volvió a coger el amigo y me dijo que enseguida me pasaba con quien yo quería hablar. «¿Qué pasó?» «Me han robado y pegado.» «¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Estás bien?» «Sí. En un bosque en un pueblo cerca de aquí.» «¿Te han forzado?» Me callé. «Eva, ¿te han forzado?» «Sí.» Lo dije bajito, para no oírme. Lo dije. Lo dije. No pensaba decirlo, pero lo dije. Sentí su silencio. «Pobre. Lo mal que lo has tenido que pasar. Pobre.» Noté cómo se ponía cariñoso, más cariñoso que nunca, todo lo cariñoso que nunca había sido conmigo. «Pero ¿cómo pasó?» «Yo iba buscando un brujo, no sé, era evidente, me dijo que me acompañaba y me metí en el bosque con él. Cómo no me di cuenta. Era obvio. Obvio. Con todo lo que he viajado yo. Con todo lo que he visto. Cómo no me di cuenta hasta el final… Lo que más miedo me da ahora mismo soy yo. Cómo me he podido hacer esto. Cómo he podido meterme allí. A mí siempre me habían dado miedo los bosques.» «Óyete, lo que has cambiado.» «¿Por qué?» Le dije que me llamara él, que no tenía dinero. Le di el número del hotel. Me llamó enseguida. Se lo conté todo mientras el recepcionista me escuchaba a mis espaldas, o eso creo, ni le miré, miraba a la pared, me fijaba en un detalle del yeso de la pared, o de la madera, no sé, algo insignificante donde perdí la vista y que nunca recordaré. Me dijo que quería que hablara con una amiga suya que estaba en casa, alguien de mi país, su compañera de piso que había vuelto de vacaciones y que estaba allí. Me habían hablado mucho de ella pero no la conocía, me había marchado de viaje antes de que volviera. Le dije que no quería hablar con ella, que no la conocía, insistió, le dije que no, volvió a insistir y me la pasó. «Hola.» «Hola. He oído mucho de ti.» «Yo también.» «Siento que nos tengamos que conocer en estas circunstancias.» «¿Qué tal estás?» «Me acaban de violar.» «Sé cómo te sientes. Porque a mí también me ha pasado.» «¿Dónde? ¿Aquí?» «No, en España. Hace tiempo. Pero no te preocupes, si te ha pasado una vez ya no te vuelve a pasar.» Me reconfortó muchísimo oír esa frase. Mucho. No terminé de creerla pero me tranquilizó. «¿Por qué?» «Porque ya lo conoces. Ya sabes lo que es, lo ves venir. ¿Qué piensas hacer?» «No sé, igual seguir mi viaje, o cogerme un autobús y subirme con vosotros, no sé.» «Cógete el primer avión y vente para acá. Ahora estás bajo shock, pero cuando se te baje que te pille acompañada. ¿Me oyes? Hazme caso. Vente cuanto antes para acá.» «Sí. Tienes razón. Va a ser lo mejor. Pero igual me subo en autobús.» «No, en avión. Da igual el dinero. Si necesitas dinero te lo mandamos. Esto es una emergencia.» Me sentí protegida. Había alguien que pensaba por mí, tomaba decisiones, alguien con experiencia, yo haría todo lo que me dijeran, estaba abrumada, atontada, quería irme de allí y refugiarme con mis amigos, verle a él, estar con él, no estar sola, sentirme segura. Mi prepotencia de seguir el viaje era descabellada, ella tenía razón, me subía cuanto antes, me subía en avión. «Cueste lo que cueste, lo pagas», me dijo decidida. «Llevaba mucho tiempo con miedo a una violación, temiendo que me pasara. Me parecía lo peor que me podía pasar. Lo peor. Y ahora que me ha pasado, me parece que lo que es la violación, la violación en sí, el acto sexual, no ha sido para tanto. Yo me he echado polvos peores emocionalmente, no sé si me entiendes, quiero decir, no me ha resultado nada placentero, pero me ha parecido mucho peor la sensación de que me podía matar en cualquier momento, mucho más brutal, mucho más violenta. Quizás es porque ya he follado mucho en mi vida y con mucha gente, no lo sé. Menos mal que no me ha pillado esto virgen, o con poca experiencia. Entonces sí que me hubiera marcado.» Ella me escuchaba, la notaba distante, tal vez recordando su experiencia, me escuchaba y se limitaba a darme consejos tajantes y claros. Realistas. «Antes de que me violara, pensaba todo el tiempo que yo no quería ser una mujer violada. Me jode el puto estigma social, desde ahora soy una mujer violada. La violación no ha sido para tanto comparada con la sensación de que me iba a matar.» «Quizás te venga bien ir a grupos de apoyo cuando llegues aquí. Con gente de nuestro país.» «No quiero ir a grupos de apoyo, ni ver a gente de nuestro país, estoy bien, prefiero quedarme ahí, en casa, tranquila.» Él volvió a ponerse al teléfono. Me trató muy bien, me escuchaba, me dijo que tenía una prima en la ciudad y que le iba a decir que me llevara al aeropuerto, que me fuera ahora mismo a comprar el billete, que él me venía a buscar al aeropuerto, que me fuera a comprar el billete y que me volvía a llamar para ver a qué hora volaba. Le dije que no hacía falta que llamara a su prima, que me cogía un taxi. Me preguntó si estaba bien en ese hotel, si me sentía segura. Le dije que sí, que era precioso y que tenía una habitación muy grande que hacía esquina, que era una pena no poderlo disfrutar. Con el tiempo me di cuenta de que me ayudó que fuera tan bonito. Parecía que era el sitio que yo había elegido para pasar por aquello. Colgué el teléfono, miré al recepcionista. Me miró serio, preocupado, no dijo nada. Salí deprisa del hotel, iban a cerrar las agencias de viajes. Me metí en la más cercana. En la misma calle. Había un señor y una chica. Me senté. Les dije que me quería marchar cuanto antes, me miraron a la cara, que me habían atacado y me tenía que ir, que quería irme cuanto antes. Me dijeron que era tarde y que tal vez la central de billetes estaba ya cerrada, cogieron el teléfono y llamaron rápidamente, no lo cogían al otro lado, imploré dentro de mí, por favor, por favor. La idea de quedarme un día más allí me espantaba. Pensé en irme en autobús si no me vendían un billete. Descolgaron el teléfono al otro lado. Tras saludar, preguntar por alguien conocido y negociar, me miraron asintiéndome con la cabeza confirmándome los datos del vuelo en alto para que los oyera, yo pregunté si no había un vuelo esa misma noche, lo preguntaron y por la conversación quedó claro que no. Dije que me iba en el de la mañana siguiente y confirmaron el billete sin colgar. Pude pagar con mi tarjeta, no me dio problemas, me dijeron que me concertaban un taxi seguro y con un tono muy amable y compasivo me dijeron que qué pena que me tuviera que ir de allí con esa experiencia. Que qué mala suerte no haberme podido ir con otro recuerdo de su tierra. Sentí que sabían exactamente qué es lo que me había pasado. Volví al hotel. Le pedí al recepcionista que me devolviera la bolsa con la ropa sucia, que me iba muy temprano. Me dijo que no sabía si la señora que la lavaba se había ido ya y se la había llevado. Que iba a ver. Que me habían llamado mis amigos. Cogí el teléfono y llamé. Le dije los datos del vuelo, me dijo que él había llamado a la compañía mientras tanto para reservarme un billete y que no le habían dado esos datos, que a ver si me habían vendido un billete que no era. «No creo que me hayan engañado dos veces en un día. Aunque vete tú a saber, con lo tonta que soy.» Me dijo que ahora llamaba para comprobarlo. Que iba a llamar a su prima para que me llevara al aeropuerto. Le volví a decir que no, que ya había concertado un taxi. Que tenía muchas ganas de verlo. «Yo también», me respondió. Me sentí muy querida, muy cuidada. Subí a la habitación. Al poco tiempo vino el recepcionista a decirme que me llamaban por teléfono. Bajé corriendo atravesando el patio. Era él otra vez, que su prima vendría la mañana siguiente al hotel para llevarme al aeropuerto. «¿Se lo has contado?» «Le he dicho que te han robado. Nada más.» Nos despedimos hasta el día siguiente. El recepcionista me dio la bolsa con la ropa. Era una bolsa oscura, negra, no se veía la ropa. Le di las gracias. Había sido muy diligente conmigo y no me había preguntado nada. Pensé que tenía que comer algo, para estar fuerte. No había comido nada desde el desayuno pero no tenía hambre. Me senté en el comedor del hotel y pedí una crema de zanahoria. Se comía sin hambre. No tenía que masticar, estaba caliente y tenía vitaminas. Dos turistas jovencitas estaban sentadas enfrente de mí. El resto del comedor estaba vacío. Las miré pensando que ojalá no les pasara nada parecido a lo que me había pasado a mí. Parecía que estaban sentadas en otra realidad.

Subí a la habitación y encendí la luz. Encajé la silla bloqueando el pomo de la puerta y encendí el resto de las luces. Cerré bien las contraventanas. Miré la habitación, era amplia y tenía tres camas y tres balcones. Era muy bonita. De colores cálidos. Elegí la cama que estaba más lejos de las ventanas y de la puerta. Me puse el pijama, cogí un libro, Bajo el volcán, me tumbé, miré las ventanas, miré la puerta y pensé que me quedaba una noche muy larga por delante. Muy larga. Tremendamente larga.

Hice todo lo posible por seguir leyendo aunque no me enteraba de nada, evitaba recordar o pensar en lo que me había pasado, e increíblemente me dormí. Al rato me despertó un ruido en la calle. Temía que vinieran a por mí, temía de todas las maneras que vinieran a por mí, que viniera a por mí, miraba hacia los balcones cerrados con las contraventanas, era fácil escalar, estaba en un primero, también podrían entrar por la puerta, con una patada, oí el frenazo de un coche, oía gente, oía ruidos, estaba asustada, tenía mucho miedo, mucho, muchísimo, estaba aterrorizada, aterrorizada, era horrible, horrible, el momento se intensificó, era terrible, tenía pavor, terror, horror. Me puse de rodillas. No creo en Dios, en ningún Dios, pero pedí por favor que no me pasara nada, que no me pasara nada por favor, que si no me pasaba nada y salía de esa noche haría lo que fuera, cambiaría. Pensé en lo que más esfuerzo me iba a costar, en lo que me sería más difícil. Acabaría con mi egoísmo, sería muy buena, cuidaría de los demás, no haría daño, me dejaría de comer las uñas. Y no sé qué más. Todo lo que se me ocurrió. Aquello me tranquilizó algo. Me levanté y me volví a meter en la cama. No recuerdo haber dormido en ninguna habitación con tanta luz en mi vida. No sé si volví a dormir. Creo que cerré los ojos y lo intenté. A cada ruido que oía, cada coche, cada persona, cada crujir de la madera, volvía a abrir los ojos. Así hasta que se hizo de día y oí cómo empezaba a despertar la calle. Abrí las contraventanas y ver la luz del sol me dio paz. Estaba impaciente por marcharme, quería irme de allí, marcharme de todo aquello, de aquella habitación, de aquella ciudad. Quería huir.

Creo que fue la peor de noche de mi vida.

Bajé, desayuné con el último dinero que me quedaba y me senté junto a mi mochila negra y mi gorro de paja frente al recepcionista a esperar a que llegara la prima. Estaba desando que viniera.

Llegó. Me saludó sonriente, procuré sonreírla, le di las gracias por venir, le dije que le había dicho a su primo que no era necesario que viniese, y me dijo que había venido encantada, que la tenía que haber llamado antes, que ella tenía un hotel, que me podía haber quedado allí. Sabía qué hotel era, era el más caro de la ciudad. Había estado viendo una habitación y no me había gustado. No había nadie, me había dado miedo. Me dijo que hacía mucho que no veía a su primo y que le había extrañado la llamada. Salimos del hotel y al cruzar la calle oí cómo me llamaban desde la otra acera. Era el de la agencia de viajes diciéndome que tenía al taxista esperándome. Le dije que gracias pero que ya me llevaba ella. Se despidió de mí moviendo la mano con cara extrañada. La prima rodeó el coche y mientras abría la puerta me miró un segundo a la cara. Sentí su compasión. Ya no tenía el labio tan hinchado pero todavía se notaba. También los rasguños. Imagino que mi expresión lo decía todo.

Tuvimos una conversación forzada de cosas agradables, en ningún momento me preguntó nada. Me habló de su primo en familia, me gustó escucharla, y de cómo ella, que era también del norte, como él, se había casado y se había ido a vivir allí, al sur. Me dijo que aquello le gustaba. El camino hacia el aeropuerto era muy largo, no terminábamos de llegar. Era una carretera rodeada de bosques. Bosques frondosos y verdes. Pensé que menos mal que me había venido a buscar ella, que con el taxista lo habría pasado fatal, no llegando nunca, entre tanto bosque. Me sentí muy agradecida hacia él por no haberme hecho caso y haber decidido por mí. Llegamos al aeropuerto. Era muy pequeño. Le dije que no hacía falta que se bajara. Se bajó conmigo. Me acompañó a facturar. No facturé nada. Nos sentamos en unas sillas bajo un tragaluz. El aeropuerto solo tenía una sala. Había poca gente. Parecía que solo había un par de vuelos al día. Estábamos calladas. Se había acabado la conversación. Empecé a sentirme fatal. Me oscurecí. Mi cuerpo se puso tenso, me sentía muy mal, muy mal. Pensé que lo mejor es que esa persona accidental en ese momento de mi vida se fuese, que no quería que absorbiera toda aquella oscuridad. Toda aquella tristeza. Me dijo que si quería que se quedaba a esperar el avión, que si no, se iba, que tenía cosas que hacer. Le dije que sí, que se fuera y que muchísimas, muchísimas gracias por traerme. Se levantó y se fue. Intenté relajarme. Sola me costó menos. El avión tenía retraso. Recuerdo cómo miré a las pocas mujeres que tenía a mi alrededor sentadas esperando al avión. Había una mujer gorda hablando por teléfono de un congreso. Estaba de pie. No recuerdo qué pensé pero la estuve mirando mucho rato. Quería que llegara el avión. Quería marcharme de allí.

El avión llegó y despegó. Miré las nubes por la ventanilla, quise dormirme pero no pude. Las nubes blancas, el cielo, pensé en mi hermano, en cómo le iba a contar lo que me había pasado cuando volviera a casa. Me puse a llorar. Fue la primera vez que lloré desde lo que me había pasado. Lloré muy poco, casi nada. No podía. Ahora sí, escribiendo esto sí que lloro, lloro más, mucho, después de más de un año. Después de diez.

Llegué antes que él al aeropuerto. Le esperé. Vi cómo se acercaba sonriente a lo lejos. Sonreí. Me dio un beso, me miró la cara de cerca y con gesto triste me tocó las heridas con ternura. «Me tenías que haber visto ayer. Parecía que me había operado los labios.» De camino a casa le conté lo que me había pasado con todo detalle. No paraba de hablar. Estaba eufórica. Al llegar le dije que quería dejar la bolsa negra con la ropa sucia en la lavandería porque quería limpiarla cuanto antes. La lavandería estaba cerrada. Al entrar en casa saludé sonriente a todo el mundo. Un chico que iba mucho por allí me abrazó con fuerza. «Cuidado, que me rompes. Me duele todo el cuerpo. Me han dado una buena paliza.» «Perdona. Igual quieres darte una ducha o algo.» «Si me lavo más me voy a quedar sin piel.» Se rieron todos. «Aquí se te llama Caperucita.» «Esa soy yo.» Llamé a mi madre temiendo que hubiera intuido que me había pasado algo malo. Me armé de coraje y me serené para que no me notara nada. Le dije que ya había vuelto de mi viaje y que estaba con mis amigos. Se puso muy contenta. Le había dado bastante miedo que me fuera sola por aquel país. «Estoy bien. Estoy bien. No te preocupes.» Quise beber un vaso de agua pero estaban todos sucios. Lavé uno y preocupada por haberlo lavado con agua del grifo, que no se podía beber, pregunté si tenía que haberlo lavado con agua potable. «Mírala, casi la matan ayer y hoy se preocupa por unas gotas de agua no potable. Bébetela, no te va a pasar nada», me dijo la de mi país. Tenía razón. Decidimos entre todos que lo mejor era llevarme al hospital a que me hicieran una revisión. Los golpes en la cabeza me preocupaban bastante. Me dolía todo el cuerpo, cada vez que me movía o si me tumbaba y me quería levantar, el dolor en los abdominales era muy fuerte, aunque no hubiera marcas. De alguna forma el dolor físico encubría el mental, era más específico, más urgente. Me agotaba y me relajaba.

De camino al hospital, acompañada por él, le dije que me encontraba bien, que mejor no íbamos, que me iban a hacer preguntas y prefería no tener que andar dando explicaciones a desconocidos. Que estaba bien. Que me encontraba estupendamente. Me dijo que me invitaba a beber algo, que no había prisa, que nos dábamos un paseo y me lo pensaba. Fuimos a ver una exposición de fotografía en una galería inclinada por un terremoto, al salir quise abrazarle pero no se dejó. Me disgustó. Decidí que íbamos al hospital pero que no íbamos a contar nada de la violación. Que no tenía heridas en el coño y que solo quería que me miraran los golpes de la cabeza.

Llegamos. Era un hospital privado. Nos acercamos a la ventanilla: «Hola. Mire, es que me robaron y me atacaron y quería que me hicieran una revisión. Me golpearon en la cabeza». «¿Está asegurada?» «No.» «Nuestras tarifas son estas. Rellene este impreso y firme aquí.» Lo hice. Nos dijeron que nos sentáramos y esperáramos a que nos llamasen. La sala de espera estaba casi vacía y había una televisión encendida. Yo no tenía ningunas ganas de traspasar la puerta que tenía frente a mí. Dijeron mi nombre. Me tuve que levantar. Él también se levantó e intentó entrar conmigo. No le dejaron y volvió a sentarse. Miré hacia atrás, a través del cristal de las ventanas de la puerta, y vi cómo me hacía una señal con la mano de que avanzase. Sonreía. Tenía una sonrisa amplísima. Entré en una habitación pequeña con una camilla y una mesa también pequeña. Un doctor con una bata blanca se sentó detrás de la mesa y me pidió que me sentara frente a él. «Nombre… Apellidos… Nacionalidad… ¿Qué le ha ocurrido?… ¿Dónde?… ¿Cuándo?… ¿Lo denunció?…» Mientras le iba contestando repetía lo que le decía y lo tecleaba en una máquina de escribir. Yo oía cómo sonaban las teclas y sentía que me estaban haciendo un interrogatorio. Era todo tan frío. El ritmo de la máquina era constante e implacable. Lo que me había pasado reducido a unos golpes de tecla dados por una persona indiferente. Mi vida, mi muerte, reducida a pura burocracia. «¿La penetró?» Paró de teclear. «Sí.» «Espere un momento, por favor.» Se levantó y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Me quedé sola. Miré a las paredes de aquella pequeña habitación blanca. Aquella situación me parecía absurda. Oí la puerta, me volví y entró el mismo hombre de la bata blanca con una enfermera. Una señora de unos cincuenta años bajita y con muchas curvas. Me saludó muy dulce. El hombre se volvió a sentar detrás de la máquina de escribir. «¿Por dónde?» «Vaginalmente.» «¿Se mareó? ¿Perdió el conocimiento en algún momento?» «Si hubiera perdido el conocimiento no estaría aquí.» Le respondí seca. Me indignó la pregunta. «Vamos a hacerle la revisión de los golpes, pero si ha sufrido una violación es conveniente que se haga una revisión ginecológica. Se paga aparte.» «Pero si estoy bien. No me hizo daño.» «Es conveniente.» «¿Hay alguna ginecóloga mujer?» «Sí.» «De acuerdo.» Me alumbró los ojos, me pidió que levantara los brazos, los miró detenidamente, le pidió a la enfermera que me levantara la camiseta, me palpó el estómago, me tocó el cuello. «Me duele mucho.» Tenía mucha tensión. «Con la estrangulación el cuello se tensa, es una reacción natural. Tardará un par de días en relajarse.» Me hubiera encantado que me diera un masaje en el cuello, pero solo me inspeccionaba. La enfermera me miraba con una sonrisa forzada. «¿Le duele aquí? ¿Y aquí?» «No. Ahí sí.» «Está usted bien. No parece que tenga ninguna contusión grave. Espere un momentito, por favor.» Y se dirigió hacia la puerta. «Tengo esta uña rota, me duele mucho, se me clava. ¿Podrían hacer algo?» «Sí, luego se lo mira la enfermera.» Salió de la habitación y me dejó allí acompañada de la enfermera. «¿A ver?», la enfermera me cogió la mano y me miró la uña con cuidado. «Después te la curo. No te preocupes.» «Gracias.» Nos quedamos calladas. El hombre volvió. «Hay un problema. La ginecóloga que tenemos en el hospital hoy no está, pero tenemos un ginecólogo muy amable que la va a tratar muy bien.» No me hizo ninguna gracia, pero dije que sí. Me llevaron a otra habitación. Pasé frente a la puerta de cristal y le vi esperándome. Le puse cara de lo que todavía me esperaba y me miró con lástima. Apareció el ginecólogo y me saludó abriéndome la puerta de la habitación. Era indio. La habitación era una consulta de ginecología. Lo que más me podía apetecer en un momento como ese. Hay que sentarse tumbada, abrir las piernas y apoyar los talones en dos hierros helados. La enfermera me dio una bata y me dijo que me quitara los pantalones y las bragas detrás de un biombo. Me dejé los calcetines puestos para sentir menos el frío de los hierros. Me tumbé y abrí las piernas con resignación. Otra vez, pensé. Otra vez. La enfermera se puso a mi derecha. La presencia de una mujer me tranquilizaba bastante. «Ya verás como no te hago daño», me dijo el ginecólogo. «No me hizo daño. Creo que estoy bien.» «Eso lo vamos a ver ahora.» «Quiero decir que, aparte de pegarme y de robarme, la penetración en sí no me resultó dolorosa físicamente.» «Ah, ¿porque también la robó?» «Sí.» «Qué cabrón, no tenía bastante.» A mí el robo me había dado completamente igual. Le vi indignado, indignado como hombre. Me pareció una postura muy machista, la indignada era yo, no era una cosa entre hombres. La dañada era yo. Esa actitud de macho indignado me parecía casi tan prepotente como la de violador. Nosotras no contábamos. Todo se quedaba entre ellos. Nosotras éramos un instrumento de su mutua agresión. Oía cómo preparaba los instrumentos que necesitaba, sonaban al chocar con la bandeja metálica. «Un psicópata.» «¿Usted cree que era un psicópata?» «Evidentemente, alguien que es capaz de hacer algo así es un psicópata.» Me gustó la idea médica de que fuera un psicópata, de que tuviera un nombre, de haber salido viva del encuentro con un psicópata. Me asusté. «Me amenazó con matarme.» Sí, quizás fuera un psicópata. No sé, no sé cuál es la frontera que hay que pasar para ser un psicópata. Yo hasta entonces lo había visto como a una persona. Como un violador. Me metió los dedos, un palito, no sé, me metía cosas. «Fue en un bosque, en el suelo, cuando me duché me metí el dedo y saqué algo de tierra y hojas.» Recordé una imagen de su polla manchada de arena mojada. Con los forcejeos se le debió de manchar. «Me hice un lavado vaginal con yodo poco después, no sé, quizás un par de horas después o más.» «Qué bueno. Fue una buena idea. ¿Cómo se le ocurrió?» La pregunta me pareció sospechosa, yo estaba muy sensible, muy suspicaz, tuve la sensación de que pensaba que tenía experiencia en violaciones, o que era una guarra. No sé, no me gustó, sentí cierto reproche. Quizás fue todo lo contrario, pequeña admiración. Pero entonces me prejuzgaba como incapaz, como tonta. No sé, no me gustó. «Todavía hay restos de arena y hojas. Tenemos que hacer una limpieza. Tardaremos un poco. Conviene desinfectarlo.» Me quiero ir. ¿Cuánto tiempo es un poco? Quiero cerrar las piernas. Quiero que me dejen el coño en paz. Me metió unas pinzas metálicas, o eso sentí, y me lo abrió. Odio esa sensación. Me resulta muy desagradable. Es como si te hicieran el vacío. No me gusta. Es muy molesto. No sé si voy a aguantar. ¡Ay! Me hace daño. Me está raspando, limpiando. «Le empujé y conseguí que se corriera fuera.» «Muy bien.» Siguió raspando, hurgando, cada vez era más molesto, quería que todo aquello acabara, cerrar las piernas. Me dolía. Me molestaba. «Me temo que hay restos de semen aquí.» «¡Pero si vi cómo se corría fuera!» «No creo que sea flujo vaginal. Lo siento.» Empecé a llorar, dejé caer la cabeza hacia mi izquierda, estaba harta, no era justo, yo le había empujado, había visto su semen en mi ingle, y el sida, y el sida. Joder. Lo que me faltaba. Pillarme el sida con un violador. Me sentí marcada. Sucia. Inválida. «Ya estamos terminando. Aguanta un poco más.» Yo seguía llorando. Me daban igual la enfermera y el ginecólogo, no conocerlos, no sentí pudor, me pareció que estaba en mi derecho de llorar, era natural, me relajaba, era la única forma de aguantar aquella situación. «Ya está. Ya hemos terminado. Ya puede cerrar las piernas.» Se me acercó por mi derecha bordeando la camilla, e intentando ser muy humano pero con tono de doctor me preguntó cuándo tenía que venirme la regla. «En unos días, no sé, dentro de dos o tres.» «Bien, entonces no hay peligro de embarazo.» Me alivió, aunque en ningún momento pensé en un posible embarazo, tenía preocupaciones mayores. Además tenía cierta certeza interna de que no me había embarazado. No estaba preocupada. «Existe riesgo de sida o hepatitis. Tendrá que hacerse las pruebas del sida dentro de tres meses, repetirlas dentro de nueve y para más seguridad un año después.» Pensé que me había aterrorizado demasiado con lo del sida, que era un exagerado, que con hacerme las pruebas dos veces bastaba. Que había un sector de ginecólogos machistas especialistas en hacerte sentir una puta sucia. Aunque este no había sido del todo malo, las circunstancias parecían haberle ablandado. Se acercó y me dio dos recetas médicas. «Póngase unos óvulos antifungales por si hay alguna pequeña infección. Y tómese estos antibióticos para evitar alguna posible infección mayor.» «Los óvulos me los pongo pero los antibióticos prefiero no tomármelos. Me van a debilitar. Si me surge alguna infección entonces me los tomaré. No quiero tomarme antibióticos como prevención. Son muy fuertes.» «Como usted vea. Yo le doy la receta.» Solo me faltaba ahora drogarme con antibióticos. «Y si me viene la regla interrumpo los óvulos, ¿no?» «Sí.» «¿Y la uña?» «Quédese tumbada que ahora mismo se la cura.» Miré a mi derecha y vi cómo la enfermera asentía con la cabeza mientras me sonreía. Yo lo único que quería desde que había entrado en el hospital era que me curaran la uña. Me molestaba mucho y me recordaba incesantemente la pelea. Era como si hubiera concentrado todo mi dolor y todo mi problema en ese sitio. Yo quería que me curasen la uña. La enfermera me cogió la mano, con unas tijeritas me cortó la uña que se me estaba clavando, me desinfectó y me puso una gasa con una tirita. Fue la cura que más me gustó de toda mi visita al hospital. Tan minuciosa, tan cariñosa, tan delicada, con tanto cuidado. Sentí que me curaba de verdad. Le di las gracias y salí a la sala de espera. Él se levantó y vino hacia mí. «¿Qué tal?» «Bien. Un poco duro. Bastante duro. Vámonos.» «Cuando he visto pasar al ginecólogo indio, he pensado, bueno…, el que le ha tocado. ¿Te ha recordado?» «No, no ha tenido nada que ver. Ha sido otra historia.» Pagué y nos fuimos. Ya en la calle me enseñó un papel que había tenido que rellenar mientras me esperaba. Le habían preguntado qué es lo que sabía él de lo que me había pasado. «Como yo no sabía si habías dicho lo de la violación pues no sabía qué poner. Y además no sabía cómo llamar al, al…» «Incidente.» «Eso, yo escribí evento. El evento. Fíjate. ¿Quieres leerlo? Es muy gracioso.» Lo leí y nos reímos, pensé que ya había pasado lo peor. Volvimos a casa. Los análisis del sida estaban todavía lejos.

Él me preguntó si quería dormir sola. Le dije que no, que prefería dormir con él. Me daba seguridad. Además me gustaba. «¿Y tú?» «Yo encantado.»

Esa noche dormí muy poco. Soñé que un joven guapo, alguien muy parecido a alguien que había conocido en un tren quince años antes, alguien inquietante, me sacaba un cuchillo y me decía: «¡El pezón!», señalándomelo con el cuchillo. Yo me levantaba la camiseta y lo miraba aterrorizada. En la otra mano tenía otro cuchillo y me gritaba: «¡El otro!», y yo le enseñaba el otro. Me desperté sobresaltada. Estaba tranquila. Era un sueño. Él se despertó con mi sobresalto. «No ha sido nada, una pesadilla. Me da igual. Saber que es solo un sueño me relaja mucho.»

A los tres o cuatro días salimos y bebí algo de mezcal. Me volví muy agresiva. El alcohol sacó toda mi rabia. Quise follar cuanto antes para quitarme el muerto de encima. Él me estuvo reteniendo durante una semana aprovechando que me había venido la regla y advirtiéndome que mejor esperar un poquito más. Yo seguía yendo muy rápido. Estaba bajo shock y tenía una inyección de adrenalina. Me encontraba muy bien. Estaba feliz de estar viva. De haber salido del hospital. De no estar allí, sola, en el sur. Estaba feliz de estar con él. De que él me curase. A la semana hicimos el amor, fue muy intenso, fabuloso. No se puso condón, su confianza, su solidaridad, me enamoró aún más e intensificó el orgasmo. Se corrió dentro, no lo pudo evitar, yo tampoco, nunca lo había hecho antes. Fue un polvo lleno de vida.

En casa andaban preocupados de que estuviera tan bien y me mandaron a un sitio donde hacían acupuntura. Se lo conté todo a la médica y me dijo que iba a pincharme en sitios para que lo empezara a sacar, que no era normal que estuviera tan bien, que me lo estaba guardando todo, que no era sano, que incluso me podía aparecer en el parto si me quedaba embarazada algún día. Me lo creí. Me metió un poco de miedo, no me gustó, aun así me dejé clavar las agujas. La mañana siguiente me desperté llorando, me senté en la cama, era un llanto muy desesperado. Él me abrazó por detrás.

Unos días después me animé a salir sola por la calle, a pesar de ser una ciudad bastante peligrosa. Tenía que hacerlo. Como antes. Cogí el metro, caminé, muy prudente. Iba temerosa, pero iba. El día antes de volver a mi país un vendedor ambulante se metió la mano en el bolsillo para ofrecerme algo. Se me encogió el corazón. Pensé que me sacaba un cuchillo. Me di cuenta de la cantidad de miedo que llevaba dentro…

Publicado el 25/01/2012